Juan Sánchez, vicedirector del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universitat de V

Hoy, 17 de junio, celebramos el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la
Sequía con el propósito de visibilizar este grave problema ambiental al que nos
enfrentamos. Los principales efectos de la desertificación son la degradación del suelo
y la pérdida de biodiversidad. Como consecuencia, la capacidad del territorio para
mantener la funcionalidad de los sistemas biológicos disminuye y, por tanto, la
disponibilidad de los recursos naturales resulta afectada.
La región mediterránea es una de las áreas de Europa con mayor riesgo de padecer
procesos de desertificación. Ello es debido a las condiciones ambientales particulares
que presenta. Por un lado, un clima semiárido dominante con intensa sequía
estacional y una fuerte concentración de las lluvias en periodos temporales reducidos.
Por otro lado, un relieve accidentado y unos suelos con un bajo contenido en materia
orgánica y una débil estructura, lo que los hace erosionables. Estas condiciones
ambientales provocan que la cobertura vegetal no sea elevada, lo que se ha agravado
por los siglos de uso agrícola, forestal y ganadero. Dentro de la región mediterránea
europea, el sudeste de nuestro país, concretamente, la Comunidad Valenciana, Región
de Murcia y algunas áreas de Andalucía presentan valores de riesgo de desertificación
entre altos y muy altos, según el mapa de riesgo de desertificación elaborado por el
Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
A las puertas de su jubilación y habiendo dedicado buena parte de su vida a la
investigación de la desertificación, el profesor Juan Sánchez Díaz repasa los avances
realizados en el conocimiento de este proceso complejo y que representa una grave
amenaza para nuestro territorio. Juan Sánchez es vicedirector del Centro de
Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), centro mixto del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC), la Universitat de València y la Generalitat Valenciana,
y catedrático de Edafología de la Universitat de València. Pertenece, por formación y
experiencia, a ese reducido grupo de investigadores que en los años ochenta
apostaron por la investigación orientada hacia el estudio de los problemas derivados
de la degradación de los suelos en la cuenca mediterránea, en momentos en los que
estos estudios eran escasos. Fue director del CIDE entre julio 1998 y enero 2006 y
vicedirector en dos ocasiones, una entre septiembre 1996 y julio 1998 y la otra desde
2019 a la actualidad, en paralelo a su labor como corresponsal científico del Comité de
Ciencia y Tecnología (CCT) establecido dentro de la Convención de Lucha contra la
Desertificación de Naciones Unidas. En las siguientes líneas comparte su visión sobre la
situación actual del estudio de la desertificación y cómo ha evolucionado en estas
últimas décadas.
Para conocer los alcances de este proceso es necesario entender primero a qué nos
referimos exactamente cuando hablamos de desertificación.
El proceso o fenómeno de desertificación es un proceso complejo, en el que confluyen
una serie de causas o factores tanto naturales (condiciones climáticas, litología o la
presencia de suelos susceptibles de ser degradados) como antrópicas (deforestación,
agricultura intensiva, urbanización…). Este conjunto de factores origina una serie de
afecciones. En primer lugar, sobre el medio (degradación del suelo, alteración cubierta
vegetal, impactos sobre el paisaje), que repercuten, en definitiva, sobre la población
(aumento de la pobreza, migraciones forzadas o agravamiento de la desnutrición).
¿Cuál es la magnitud de este problema? ¿En qué medida puede impactar este
proceso en nuestras vidas?
De acuerdo con la información ofrecida por la Secretaría de Lucha contra la
Desertificación, hoy en día, más de 2.000 millones de hectáreas de tierras
anteriormente productivas se encuentran degradadas. En 2030, la producción de
alimentos requerirá otros 300 millones de hectáreas de tierra.
Se ha transformado el uso de más del 70% de los ecosistemas naturales. En 2050, la
cifra podría alcanzar el 90%.
Este fenómeno no es nuevo. De hecho, ha sido un elemento fundamental en la historia
de la humanidad, contribuyendo a la caída de grandes imperios y desplazando a las
poblaciones locales. Sin embargo, se calcula que en la actualidad el ritmo de
degradación de las tierras cultivables aumenta a una velocidad entre 30 y 35 veces
superior a la histórica.
De los ecosistemas de las zonas secas depende la subsistencia de unos 2.000 millones
de personas, el 90% de las cuales vive en países en desarrollo. La sobrepoblación de
muchos países infradesarrollados crea la necesidad de explotar ganadera y
agrícolamente las tierras de zonas secas. En estas tierras de baja productividad se inicia
así una espiral descendente que acaba con el agotamiento de los nutrientes del suelo y
los acuíferos subterráneos.
Este año el Día Mundial se centra en cambiar las actitudes públicas hacia la principal
causa de la desertificación y la degradación de las tierras: la producción y el consumo
incesantes de la humanidad.
El crecimiento demográfico y el incremento de la población urbana intensifican la
demanda de tierra para producir alimentos, forrajes y fibras textiles. Mientras tanto, la
salud y la productividad de la tierra cultivable existente están disminuyendo, un
declive que se ve empeorado por el cambio climático.
Con el fin de contar con tierras productivas suficientes para satisfacer la demanda de
10.000 millones de personas en 2050, es necesario modificar nuestro estilo de vida. A
través del Día de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, celebrado bajo el lema
Alimentos. Forrajes. Fibra, se aspira a educar a las personas sobre la manera de reducir
su impacto individual.
La región mediterránea en la que nos encontramos está gravemente amenazada por
el cambio climático, con previsiones de un aumento de la aridez. ¿Cuál es la situación
actual y cómo cree usted que estas previsiones puedan influir sobre el riesgo de
desertificación en esta área?
La mayor parte de los resultados ofrecidos por los distintos Modelos de Circulación
General de la atmósfera (MCGs) coinciden en que la región mediterránea será
especialmente sensible a cambios en las precipitaciones y temperaturas. Si las
mencionadas predicciones se confirman, las etapas de sequía y las inundaciones serán
más intensas y largas y aumentaría la aridez de los paisajes mediterráneos. Por tanto,
la desertificación sería más extensa e intensa, inducida directamente por el cambio
climático y de forma indirecta por la mayor incidencia de los incendios forestales,
incremento de la erosión y salinización de los suelos, etc.
Desde su experiencia, ¿cómo ha evolucionado el estudio de esta problemática en el
ámbito académico y dónde considera que se sitúan las mayores dificultades en su
abordaje?
La desertificación se impartía como programa de doctorado en el CIDE dentro de la
programación de tercer ciclo de la Universitat de València, siendo el profesorado los
investigadores del centro y los estudiantes, en su mayor parte, becarios de proyectos
ligados al instituto, casi todos, biólogos, geógrafos e ingenieros agrónomos. Cumplió su
función de forma parcial ya que la mayoría de ellos culminaron con la lectura y defensa
de su tesis doctoral. Sin embargo, el programa no pudo continuar ya que la ubicación
en Albal, fuera de los campus universitarios, lo hacía no deseado por la mayoría de los
estudiantes.
Con respecto a la docencia en los grados, la Edafología, por citar la materia que me es
muy próxima, prácticamente ha quedado testimonial en el grado de Ciencias
Ambientales. No entiendo el permanente rechazo por parte de los responsables en la
modificación de los planes de estudios, en las últimas dos décadas, al impedir que los
biólogos se formen en la Ciencia del Suelo. Con este desconocimiento no se pueden
abordar con garantías los estudios de degradación de suelos como salinización,
sellado, contaminación y erosión de suelos, es decir, la desertificación.
¿Qué lecciones ha aprendido en su estudio?
Después de más de 40 años de estudios (globales y regionales, integrados y
sectoriales), de debates y discusiones, el término “desertificación” permanece en
discusión conceptual, debido a las numerosas ambigüedades que presenta, sobre todo
en la diferenciación de los procesos naturales de los inducidos pero, especialmente, en
la integración de los aspectos físiconaturales y socioeconómicos. Las propuestas de
indicadores son recurrentes y actualmente no hay un cuerpo doctrinal que sea
aceptado por todos.
Es cierto que existe el consenso sobre la indisoluble asociación entre desertificación y
degradación de tierras, como reconocen la mayoría de científicos e instituciones. El
problema estriba en que la acepción del término “degradación de tierras” tampoco
está acotada desde un punto de vista científico. A ello han contribuido estudios que
partiendo de una confusión conceptual sobre el término han aplicado criterios
inadecuados para medir la desertificación: importantes extensiones de suelos del
ámbito semiárido son considerados como suelos degradados cuando en realidad son
suelos zonales y en equilibrio con esas condiciones ambientales. También ha ocurrido
cuando se ha confundido producción con productividad, y en consecuencia se ha
plasmado el avance de la desertificación con base en una disminución de la cobertura
vegetal, sin haber realizado el análisis sobre el estado y evolución de la productividad
edáfica y por otro lado cuando se ha enfatizado en la disminución de los recursos
hídricos (tanto en cantidad como en calidad), bien por causa climática, bien por
presión antrópica, como causa de la degradación de tierras, sin que se haya mirado
hacia las posibilidades hídricas reales de la comunidad ni hacia la potencialidad de los
recursos edáficos para poder gestionar el agua disponible.
Las perspectivas de cambio climático de acuerdo con los modelos existentes y el
pronunciamiento del incremento de las temperaturas para este siglo van en la
dirección de aumento de la desertificación. Los procesos de sequía e inundaciones
serán importantes teniendo en cuenta las predicciones irregulares de las
precipitaciones. Se deben plantear escenarios factibles para tener conocimiento previo
del futuro socioeconómico de la región, si tenemos en cuenta el grado de afección que
puede tener en sectores tan importantes como la agricultura y el turismo e integrar la
adaptación al cambio climático en la planificación y gestión forestal para garantizar la
provisión de bienes y servicios ecosistémicos.
En cuanto a la ciudadanía, ¿cómo cree que se puede conseguir la atención hacia este
problema como ya se está consiguiendo con otros temas como la pérdida de
diversidad o el cambio climático?
Un estudio realizado en el marco del Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático
analizó el impacto del cambio climático sobre el riesgo de desertificación en España.
Considerando conjuntamente los efectos de la evolución de la aridez y la erosión, el
estudio reveló que, para finales del presente siglo, la superficie sometida a riesgo de
desertificación se incrementaba para todas las categorías establecidas, siendo mayor el
cambio proyectado en las categorías de riesgo muy alto (+45%) y riesgo alto (+82%). La
materia requiere, por tanto, una importante atención.
Sirva esta entrevista como un reconocimiento a la labor investigadora de Juan Sánchez,
por su gran contribución a las bases científicas de la gestión de los recursos naturales y
la planificación territorial en nuestro país y a su compromiso a la defensa del
medioambiente.

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