Entrada del Instituto de Neurociencias, centro mixto del CSIC y la Universidad Miguel Hernández.

Un estudio internacional, en la que ha participado el Instituto de Neurociencias, centro
mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Miguel
Hernández (UMH), ha demostrado, por primera vez, la influencia que un estilo de vida
activo tiene sobre la capacidad regenerativa del sistema nervioso periférico, es decir, el
conjunto de nervios craneales y espinales que controlan las funciones motoras y
sensoriales. El trabajo ha sido publicado en la revista Science Translational Medicine.
Según explica Ángel Barco, investigador que ha liderado la participación del Instituto de
Neurociencias, “ya se sabía, por estudios con roedores, que el cerebro se beneficia de
un estilo de vida activo. Los animales de laboratorio que viven en ambientes
enriquecidos, con ruedas para hacer ejercicio, juguetes y presencia de otros animales,
muestran mejor rendimiento en las pruebas de memoria y orientación, tienen más
neurogénesis en el hipocampo y también más espinas dendríticas, las estructuras de las
neuronas que permiten la formación de sinapsis o contactos entre las células nerviosas.
Y ahora, con este trabajo se comprueba que también el sistema nervioso periférico se
beneficia de un estilo de vida activo”.
Este hallazgo explica la razón por la que las personas que han llevado un "estilo de vida
activo" se recuperan en mayor medida después de una lesión medular que aquellas con
estilo de vida "menos activo”, apunta Simone Di Giovanni, investigador del Imperial
College de Londres (Reino Unido), centro que ha coordinado el estudio internacional.
Aunque el trabajo aún se encuentra en una etapa temprana, los hallazgos abren un
"camino realista" que prueba los vínculos entre el estilo de vida activo preexistente y la
recuperación posterior de una lesión en la columna vertebral, y posiblemente a ensayos
clínicos en pacientes humanos.
“Esencialmente, al aumentar la actividad de las neuronas que detectan estímulos
ambientales, hemos sido capaces de promover el potencial regenerativo de los nervios
después de una lesión de la médula espinal", explica Di Giovani. “Descubrimos que el
enriquecimiento ambiental, como alojar ratones en una jaula más grande de lo habitual,
con otros ratones, más juguetes, túneles, columpios, ruedas, etc., aumenta la actividad
de las neuronas. Esto conduce a cambios en la expresión génica que hacen que el nervio
sea más propenso a regenerarse", expone el coordinador del trabajo.
Participación del Instituto de Neurociencias UMH-CSIC
Los investigadores identificaron una molécula clave llamada CREB-Binding Protein (CBP),
un regulador de la expresión génica capaz de reprogramar las neuronas, alterando la
expresión de varios genes, y aumentando así su capacidad para regenerar los nervios
dañados.
El equipo de Ángel Barco lleva mucho tiempo trabajando con la proteína CBP y tiene un
modelo de ratón que carece de ella. “Al poner a los animales deficientes en CBP en un
ambiente enriquecido, vimos que no son capaces de responder a estos estímulos y no
se produce el incremento en la reparación de las lesiones. Gracias a este modelo animal
quedó claro que CBP era una molécula clave, susceptible de convertirse en una diana
terapéutica para aumentar la regeneración después de una lesión medular”, detalla
Ángel Barco.
Cada célula del cuerpo humano contiene una larga hebra de ADN, de unos dos metros,
con la información genética. Para que quepa en el interior del núcleo celular este ADN
está enrollado sobre unas proteínas denominadas histonas, formando una especie de
collar de perlas. Para que los genes puedan expresarse, las cuentas de ese collar deben
desenrollarse parcialmente y con precisión en el momento adecuado. Y es en este punto
donde interviene la proteína CBP.
En ensayos con ratones y ratas, administrar un compuesto que aumenta la actividad de
la proteína CBP seis horas después de la lesión de la columna, y posteriormente una vez
por semana, promovió la regeneración de las fibras nerviosas dañadas. Tras la lesión y
el tratamiento con el fármaco, las ratas, que de otro modo no podían caminar
correctamente, recuperaron una movilidad significativa en sus patas traseras, en
comparación con los animales de control, sin tratamiento.
Aunque este tratamiento no está muy lejos de ser probado en la clínica, se necesitan
más estudios para demostrar que el medicamento es seguro en humanos. Una vez
comprobado, podría potencialmente combinarse con la neurorrehabilitación en las
personas que han sufrido una lesión medular.

 

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